Por Guillermo Amann & Paloma Sevilla, miembros del Comité Gestor del Foro para la Electrificación, para Expansión

La Unión Europea, de la mano del paquete legislativo “Energía Limpia”, está liderando un proceso de transición energética que nos conduce hacia un horizonte descarbonizado en el año 2050.

La próxima década va a ser critica para poner a Europa, y a todo el planeta, en la senda de limitar el calentamiento global por debajo de los 2ºC e, idealmente, de 1,5ºC.

Cabe preguntarse si este gran reto, al que también estamos comprometidos como consecuencia de los llamados “Acuerdos de París”, ¿supone una amenaza o bien una oportunidad?

España acaba de presentar su Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, que plantea la necesidad de electrificar la sociedad y la economía, como vía para alcanzar los citados objetivos de descarbonización.

El vector energético eléctrico ha demostrado su capacidad para incorporar fuentes de energía renovables en su mix de generación de forma cada vez más competitiva. Parece, pues, lógico pensar que la electrificación de la economía va a producirse de una forma natural.

El uso de la electricidad deberá extenderse a todos los sectores; especialmente a aquellos que, por su demanda energética, son cruciales para este proceso, como es el caso de la edificación, el transporte y la industria.

El sistema eléctrico debe prepararse, no solo para soportar volúmenes sensiblemente superiores a los actuales, sino también para dar cabida a nuevas funcionalidades. Una transformación que exige reforzar y digitalizar las redes eléctricas en todos sus niveles de tensión y, muy especialmente, en la baja.

En efecto, este cambio de nuestro modelo energético va a requerir de unas redes de distribución fuertes, malladas y digitalizadas. Será necesario contar con un marco regulatorio estable, que permita acometer razonablemente las inversiones necesarias -que, en el caso de las redes, ascenderán a cerca de 30.000 millones de euros hasta 2030-.

Solo así será posible incrementar significativamente la capacidad de generación de origen renovable; integrar tales puntos de generación en todo el sistema eléctrico; electrificar usos energéticos como el transporte terrestre y la climatización; dar cabida a nuevas formas de suministro; y empoderar al consumidor, de la mano de herramientas como los contadores eléctricos inteligentes.

España cuenta con unas redes sólidas y seguras; no obstante, los nuevos retos exigen no solo no bajar la guardia, sino elaborar planes de inversiones exigentes y complejos cambiando el paradigma convencional del cobre y el voltio al paradigma 4.0 del microchip y el tratamiento de datos. La tarea no es fácil, pero nuestra industria, en toda su cadena de valor, dispone de capacidad contrastada para desplegar de forma eficiente la tecnología que ya existe y la que, sin duda, seguirá viniendo.

De este modo, la buena noticia es que la industria eléctrica española está preparada para adaptarse a esta transformación. Los fabricantes de equipos, los proveedores de soluciones, servicios y sistemas y los operadores de las redes de transporte y distribución, están en la vanguardia mundial en sus ámbitos respectivos. Todos ellos ven en la electrificación una oportunidad de crecer en sostenibilidad, riqueza y empleo.

El sector eléctrico se apunta al reto siendo consciente de la dificultad, pero sintiéndose capacitado para afrontarlo. Electrificando la economía conseguiremos ser más competitivos y contribuiremos significativamente a la ineludible lucha contra el cambio climático.

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