Por Paloma Sevilla, Miembro del Comité Gestor del Foro para la Electrificación

El Ministerio para la Transición Ecológica acaba de remitir a la Comisión Europea su borrador del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, en el que se presentan los compromisos que adquiere España en esta materia para el 2030. Pero el proceso continúa, ahora se esperan los comentarios de la Comisión Europea en junio y su versión definitiva debe estar lista antes de que finalice el año.

Un primer comentario es que a todas luces presenta unos objetivos muy «ambiciosos» a 2030. Sin embargo, creemos que son factibles y coherentes con el objetivo de alcanzar la neutralidad carbónica en 2050: 21% de reducción de emisiones de emisiones, 42% de renovables sobre el uso final de la energía, 39,6% de mejora de la eficiencia energética y 74% de renovables eléctricas.

Desde el Foro para la electrificación creemos que esto sólo será posible a través del proceso de electrificación de la economía. Si no se sigue este camino, alcanzar los compromisos será a un coste muy superior o, a lo mejor, no será.

Y para hacerlo posible destacan dos elementos fundamentales: las renovables eléctricas y las redes eléctricas. Hasta ahora la producción eléctrica a partir de fuentes renovables ha demostrado ser la más eficaz en la reducción de emisiones de forma masiva. Por su parte, las redes están llamadas a jugar un papel fundamental para poder integrar la producción renovable.

El Plan presenta unas inversiones en renovables eléctricas de casi 90.000 millones de euros, en una década, para instalar más de 50.000 MW de nueva potencia. Un primer requisito para atraer este volumen de inversión debe ser la existencia de un marco regulatorio adecuado, lo que pasa por fomentar la neutralidad tecnológica de forma que se favorezca a estas tecnologías y, a su vez, por apoyarse en el uso de mecanismos de mercado que aseguren que se realiza al menor coste posible.

Por su parte, para las redes se fija una inversión de unos 38.000 millones para definir una red bien mallada y flexible que integre toda esta energía renovable, y muy especialmente en la baja tensión, donde las opciones de autoconsumo y generación distribuida serán otras alternativas llamadas a jugar un papel esencial y, además, empoderar al consumidor. De nuevo, un marco regulatorio estable que sea capaz de atraer esta inversión se presenta fundamental.

Pero no basta con invertir en producción y en redes. Hay que electrificar. Lo que también permite mejorar la eficiencia energética. Y hay que hacerlo de manera que no se comprometa la sostenibilidad del sistema eléctrico ni la competitividad de la economía. Por ello, se deben facilitar estos nuevos usos eléctricos que están por venir, por ejemplo, en movilidad eléctrica o en calefacción/refrigeración, a la vez que se favorece el uso eléctrico en la industria.

En este sentido, la electrificación de la demanda sólo será posible por medio de una tarifa eficiente, así como de una fiscalidad que no penalice la electricidad como vector energético para la descarbonización. La reforma de las tarifas eléctricas que viene debería tender a eliminar los cargos de política energética, así como a modernizar los peajes eléctricos que incentiven el uso adecuado de la red.

Y no debemos tampoco olvidar que hay que garantizar el suministro, o la transición hacia el consumo eléctrico se verá ralentizada. El Plan lo tiene en cuenta, y prevé la entrada de hasta 6 GW de capacidad de almacenamiento que debe apoyarse en los instrumentos de mercado para posibilitar su desarrollo. Así, generación, demanda y almacenamiento podrán aportar su firmeza y flexibilidad, con los mecanismos adecuados, para asegurar el suministro en todo momento.

Por tanto, la apuesta del Plan por electrificar debe ser la respuesta a estos objetivos que se plantean. El sector eléctrico asume el reto. Y está preparado para esta transición.

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